Km28. Son casi las 23.00 horas.
Hace mucho que se hizo de noche. Hace aún más que se hizo el silencio.
Escalamos la última gran cuesta del recorrido. Poco a poco. Paso a paso. Mirando el suelo.
Silencio. Anclados a la cima de esa cuesta nos esperan dos matrimonios de unos 60 años.
No me engañan. Realmente no son público. Vienen de echar un vino y se van para casa.
Pero se cruzan con dos camisetas moradas, con dos caras de esfuerzo,
con dos intentos de cumplir un reto. De alcanzar una meta.
Y se paran. Y se ponen junto a una valla. Y aplauden. Y animan.
Y nos jalean como se jalea en una tierra de gente dura.
De gente que levanta piedras o corta troncos por diversión.
Nos jalean con voz recia. Como se habla aquí, con voz recia y palabra sincera.
Como se come aquí, como se bebe aquí,
y como se celebra aquí, sobre todo a partir de las 12 horas del 6 de julio.
Víspera de San Fermin.
Esa era mi petición a San Fermín,
clara y sencilla. ¡¡Y el santo me escuchó!!
San Fermín Marathon sería mi tercer maratón. Tras Valencia y Rotterdam. Pero, desde que terminé Rotterdam supe que sería diferente. Salía apuntado en mi hoja de Excel. Mis entrenamientos me guiaban hacía él. Mi corazón quería hacerlo. Mis piernas lo entrenaban. Pero mi cabeza lo rechazaba. Mi cabeza no quería disputarlo. Quería correrlo, pero no disputarlo.
Pero
si no se sale a disputar, se puede salir a disfrutar. Y todo se puso de cara. Por supuesto,
Novatilla me acompañaba en esta nueva aventura, una vez más. Aunque ella, con buen criterio, "bajaba de distancia" a correr la media maratón.
Mi amigo "El tractor de la Pobla", se venía desde Valencia a correr la media. E incluso,
la mítica Yolanda, la Pingüina Veloz, se inscribió a la maratón. Por si todo fuera poco, un montón de amigos y conocidos pamploneses tomarían parte de las tres distancias que se ofrecían 10k, 21k y Maratón. Muchos de ellos debutando en las distancias.
Orgullo de pertenecer al, cada día más grande,
En la previa de la salida, dos Novatillos y una fosfy
Y, reconozco que para mi sorpresa, el resto de los ingredientes para disfrutar los puso la ciudad, mi ciudad, Pamplona. Una ciudad a la que adoro, pero con la que soy muy crítico. Una ciudad que parecía siempre despreciar el esfuerzo de los corredores. Una especie molesta para ellos. Pero el sábado la realidad me calló la boca. La maratón, como quien echa sal a la ensalada, esparció gentes por todos los rincones del recorido. Gentes dispuestas. Gentes animosas. Gentes entregadas. Voluntarios, policía, público, amigos, conocidos, desconocidos. Regalándonos su aplauso, su mano para chocar, su grito de ánimo o su sonrisa.
Impresionante la cantidad de público esperando
la salida de los corredores de la maratón.
(Foto deporbox.com)
Primeros metros
Ya habréis leído en la
crónica de la carrera del blog de Pingüina Veloz que
corrimos juntos.
Fue otro de los grandes alicientes de la noche. Ella lo cuenta mucho mejor que yo. Fue una noche dura. Una noche más de silencios que de palabras. Más de miradas que de sonrisas. De valorar la compañía del que tienes al lado. Pero sabíamos a lo que veníamos y una vez más comprobé una cosa. Sabida, pero en ocasiones ignorada.
El maratón no es cosa de chuliqueos. Muchos factores que hacen que los 42195 metros te dejen desnudo. Con tus miserias al aire. Y algo así sucedió esa noche. Pero, Pamplona supo entenderlo.
Bajo la noria de Sanfermines.
Y Pamplona nos regaló muchos momentos. El estrecho pasillo humano en Corralillos chocando manos de mayores y de pequeños. Los "aupas" a corredores conocidos con los que te cruzabas en algún tramo. Ese "aupa neska!" (¡¡ánimo chavala!!) recurrente para la chica que circulaba a mi vera. Las familias animando desde los balcones. La sonrisa de los voluntarios en aquel rincón alejado del centro de la ciudad. La cuadrilla de botellón que te anima sinceramente. Ese policía municipal que te mira y te dice "Ánimo, que ahí delante está el km32". Sólo puedo repetir aquí una palabra que repetí cientos de veces esa noche. GRACIAS.
Y los que me aprecian me hicieron otros muchos regalos. La Novatilla atenta a todo en la previa. Mi sobrina emocionada de ver a sus tíos corredores antes de la salida. Los aplausos y gritos de compañeros de trabajo, de conocidos, de amigos. Mi hermana, mis sobrinos por primera vez viendo una carrera. La conversación con Ximo mientras lo cazábamos en el último gran repecho del recorrido. Las fotos de mi cuñado en el km29. #lasmuetasquecorren en hilera, ofreciendo la mano a chocar, animando como locas y sacando fotos a la vez. Momentos en los que te das cuenta que no todo es disputar. Que ese día no era importante disputar. Aquello era puro disfrutar.
Todos tenemos un cuñado que hace fotos en las comidas familiares,
el mío además hace fotones como estos en San Fermín Maratón
(izda Novatilla haciendo la media, derecha Novatillo)
Aquí nos animaban a tope #lasmuetasquecorren. ¡Mil gracias!
Foto @arribalabirra.
Y así pasaron los kilómetros. Unos más rápido que otros. Unos más animados que otros, unos más duros que otros. Algunos en silencio, otros no. Fueron cayendo la veintena, la treintena y la cuarentena. Y justo en aquel giro a derechas, pasado el Ayuntamiento, pasado el kilómetro 41, fue cuando
me ví FINISHER por tercera vez. Sin disimular mi alegría miré a mi lado y recuerdo que le dije a
La Pingüina Veloz:
- Puede ser que se nos escape otro maratón.
Pero este no se nos escapa, este es nuestro.
Ahí detrás está la plaza de toros. ¡Vamos!
Era el km41, eran casi las 00.15h, pero aún faltaban cosas. Cruzar la calle Espoz y Mina entre un pasillo de gente. De gente, que aunque estuviera en la terraza de un bar no sólo miraba. gente que animaba sinceramente. Con aplauso fuerte y voz recia. Como se anima aquí. Volvieron los pelos de punta. Me giré a los lados y aplaudí al público. No sabía como agradecérselo a toda esa gente.
A mi me fascinan mucho más los que estaban allí animándonos
Y al fondo del pasillo surgió la Novatilla, vestida de calle, duchada, con ropa de recambio para mi. Finisher de su enésima media maratón. Había tenido que esperar un buen rato hasta nuestra llegada. Y aún así apareció por sorpresa y se puso a nuestro lado y trotó con nosotros unos metros, que aunque fueron pocos, supieron a mucho. Esto es disfrutar. Y es lo que tocaba. No tocaba disputar.
Una pentamaratoniana y un trimaratoniano pisando la arena de la plaza
haya pasado lo que haya pasado antes,
terminar una maratón siempre es un momento de felicidad.